FRANCIS Y UN NUEVO VUELO

Amanecía en la plaza Mitre, el sol comenzaba a estirar sus rayos suavemente sobre el cielo  inmenso con un gran bostezo despertaba al día nuevo. Así todas las aves desde los distintos lugares donde tuvieron sus sueños nocturnos recibían un  nuevo y delicioso amanecer.  

En la copa de unos de los álamos de esa plaza vivía Francis, un loro muy coqueto al que le gustaba  mucho mirarse en el agua que encontrara, charco, balde, fuente o vidrio; que reflejaran a modo de  espejo su propia imagen. Se admiraba con mucha atención y orgullo, pues sostenía en su  pensamiento que él era el más lindo y apuesto de todos los loros que existían en ese lugar. Las loritas elogiaban a Francis por el aspecto de sus alas brillantes verdes y amarillas, su pico muy  lustrado que reflejaban pequeños destellos del sol, sus ojitos negros con mirada muy interesante y  su forma tan ágil de volar, se llevaba todos los suspiros. 


Francis tenía muchos amigos pues también le gustaba conversar sobre diferentes temas: el tráfico,  los niños, las frutas, los juguetes, el tiempo, también le agravada escuchar historias de sus mayores,  le parecían muy útiles, decía siempre: - seguro que algo nuevo aprenderé. Y era así, pues las  experiencias narradas tenían aprendizajes valiosos. 

Cuando algún nuevo desafío se presentaba ante Francis hacía memoria y zas! Sabía resolver todo  tipo de situaciones. La frase preferida: “todo sucede por alguna razón” la repetía en el momento  justo, la había escuchado cuando era muy pequeño, el día que perdió a su papá en una tormenta de  verano y su mamá la decía mientras lloraba. Desde ese día se encargó que nada le faltara a su  mami y la cuidaba siempre, Francis quería que ella siempre estuviera orgullosa de tenerlo como hijo. Ocurrió que de pronto en ese amanecer tan cálido comenzaron a invadir el cielo, muchas nubes  grises y oscuras. El viento que repentinamente sacudía los árboles y plantas del lugar y todas las  aves volaban rápidamente a refugiarse de la gran tormenta que llegaba. 



Francis ayudó a su mami hasta un hueco del árbol y luego a otros amigos con sus pichones. Volaba  sin parar de un lado a otro. 

Una sábana que volaba sin rumbo por los aires atrapó a Francis que sin mediar movimiento por  esquivarla quedó atrapado, y cayó con un fuerte golpe al piso. Dos amigos vieron lo ocurrido y  rápidamente ayudaron a Francis, estaba muy lastimado y dolorido. Tenía golpes en un ojo y en una  de sus alas que no podía mover.  


Sus amigos lo llevaron hasta un lugar seguro y lo atendieron, trajeron a su mamá y luego de la  tormenta fueron hasta su casita en la copa del árbol más alto, el lugar de Francis. Poco a poco logró recuperarse hasta nuevamente poder salir en busca de un nuevo y mejor vuelo. Después de tanto tiempo, todas sus ansias y deseos por hacer aquello que le encantaba disfrutar:  volar sin medida ni límites, con giros, ascensos y descensos, bien alto hasta casi llegar al cielo.


Y en unos cuantos riiiiiiiiiiii, riiiiiiiiiiiiiiiiii, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, expresaba su inmensa alegría por su fantástico  nuevo vuelo. Desplegar sus alas al viento y dejarse llevar… 

Viviana Cristina Vèlez © todos los derechos reservados


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