Gacela en la Isla Sinconocimiento
Prólogo
No todas las islas están rodeadas de agua.
Algunas flotan en la memoria, otras en el olvido.
Hay islas que nadie nombra, pero muchos han visitado sin saberlo.
Allí, donde las palabras pierden sentido,
donde los sueños se encorvan y se guardan en cajitas selladas,
hay quienes resisten.
Y a veces, muy de vez en cuando,
alguien distinto llega flotando,
como si entendiera el lenguaje del silencio,
como si trajera la misión de recordar
lo que otros prefirieron enterrar.
Esta es la historia de una presencia suave y decidida.
De una gacela que no corre, sino que flota.
Y que, sin quererlo, deja una estela encendida.
Viviana
No todas las islas están rodeadas de agua. Algunas, como la que habité un tiempo, flotan en medio de la indiferencia, el control y los juegos del poder. A esa tierra le llamaban la Isla Sinconocimiento.
Allí llegué una mañana brillante, con el corazón repleto de amor, las patas ligeras de entusiasmo y la certeza de que el aprendizaje se multiplica cuando se comparte. No sabía entonces que aquel viaje no sería para enseñar ni para aprender, sino para recordar quién soy.
Este es el relato de mi paso por esa isla.
No lo cuento para que me crean, sino para que, si alguna vez pisan una tierra parecida, recuerden que el brillo del alma no se apaga.
Ni siquiera cuando intentan cubrirlo con sombras.
La llegada
No sé quién me nombró por primera vez “Gacela”, pero cuando llegué a la isla sentí que ese nombre me habitaba: ligera, curiosa, siempre atenta a lo bello y a lo justo.
La Isla Sinconocimiento me recibió con un aroma extraño, entre dulce y denso, como si el aire estuviera lleno de promesas… y advertencias. El paisaje era encantador: suaves colinas, piedras antiguas, árboles de hojas plateadas, y un cielo que parecía contener secretos.
Allí vivían varios animales, cada cual con su lugar y su rutina. Se saludaban con gestos amables, compartían el alimento y a veces reían juntas. Pero no tardé en notar algo… Una cierta lentitud impuesta, como si el tiempo se deslizara a voluntad de dos figuras que todo lo miraban desde las sombras de una piedra alta.
Eran zorras. Una mayor, de pelaje deslucido y ojos astutos, y otra más joven, ágil, de mirada cortante y risa controladora. Ambas se creían brillantes y necesarias. Organizaban las tareas de cada una, repartían encargos como quien lanza migas al viento, midiendo tiempos, palabras y silencios.
A las otras las mantenían ocupadas, distraídas, convencidas de que todo lo que hacían era indispensable, pero sin espacio para soñar.
Yo, recién llegada, me mostré dispuesta a colaborar. Me gustaba ayudar, aprender, sumar. Las tareas me fluían con naturalidad: desde las más simples hasta las más complejas.
Cuando una de las zorras —la anciana— me pidió algo que le resultaba imposible por su desconocimiento de nuevas estrategias sobre laberintos para descubrir caminos; lo tomé como un regalo. Pasé días concentrada, con alegría, haciendo que cada detalle brillara. Quería que ese trabajo ayudara a todas.
Y lo logré. El resultado fue más que bueno. La zorra quedó perpleja. “¿Cómo puede ser?”, murmuró. “¿Tan rápido? ¿Tan bien hecho?” Vi en sus ojos un temor sutil, como si mi forma de actuar fuera un espejo en el que no quería mirarse.
Y así empezó lo que entonces no comprendí del todo, pero que ahora, desde este lago, sé nombrar: la sombra que se despierta en quienes temen la luz ajena.
Las estrategias del silencio
Al principio, creí que mi entrega había sido bien recibida. Me sonrieron, me agradecieron con palabras suaves, incluso una de ellas —la zorra más joven— me ofreció una fruta fresca, como si celebrara mi dedicación.
Pero al día siguiente, algo cambió.
Comenzaron a asignarme más tareas. Muchas más. Algunas sin sentido, otras repetitivas. “Queremos ver de cuánta destreza sos capaz”, decían con un tono amable que escondía una sutil burla. Yo aceptaba sin resistirme. No por ingenuidad, sino por fidelidad a lo que creo: todo lo que hago, lo hago con el corazón.
—La gacela necesita más ocupación —dijo una de ellas, fingiendo preocupación—. Si se aburre, puede volverse… inquieta.
—O peligrosa —susurró la otra, mientras se relamía con las migas de una torta dulce—. No olvides que el brillo asusta.
Les causaba gracia verme hacer, correr, resolver. Me observaban desde su piedra alta, sentadas como guardianas de un orden que solo a ellas beneficiaba.
Pero no podían entender lo que me movía: no era la necesidad de sobresalir, ni la búsqueda de aprobación. Era algo más profundo, algo que no se puede imitar. Yo simplemente era… yo.
Aún así, quisieron frenarme. Les pidieron a las demás que no me hablaran, que no me pidieran ayuda. El silencio se volvió una sombra espesa. Pero no lograron apagarme. Porque no vine a competir. Vine a construir.
Una tarde, cuando regresé de entregar un nuevo trabajo impecable —y de paso dejarles un budín de naranja recién horneado, lleno de ternura— las escuché desde lejos, creyendo que nadie las oía:
—Hay que frenarla. No podemos permitir que su luz opaque la nuestra.
—Nadie puede brillar más que nosotras. Somos las únicas imprescindibles.
Esa noche me llamaron con dulzura. Me abrazaron como a una vieja amiga.
—Vendrán lobos —me advirtieron—. Son salvajes, traicioneros… Te queremos mucho, por eso te pedimos que regreses a tu lago. Allí vas a estar segura.
Sus ojos no reflejaban miedo. Reflejaban otra cosa: cálculo. Despedida.
Les sonreí con ternura. No sentí rencor. Solo entendí. Me incliné, las saludé con respeto y dejé una frase al partir:
“Como eres, así es tu corazón.”
Y salí de allí. Como no camino, no corro… comencé a deslizarme en el camino. Mi cuerpo apenas rozaba el suelo: porque soy brisa, soy sombra que danza entre la luz.
Cada uno de mis pasos es un salto contenido, un suspiro alado.
Dicen que las gacelas no vuelan, pero yo... yo me elevo sin alas.
Mi andar es un vuelo bajo, casi secreto.
No hay huella que me retenga, ni tierra que me pese.
El mundo pasa debajo de mí como un paisaje que gira lento.
Y yo, liviana, blanca, eterna, sigo la música que me guía sin que nadie la escuche.
Y volé… porque Volar es esto: confiar en el impulso, en la dirección del deseo,
en que el aire sabe sostener lo que no se deja caer.
Volé sobre la Isla Sinconocimiento, de regreso al Lago Entendimiento. Donde no hay que brillar para ser vista, ni esconder la luz para ser aceptada.
Desde el Lago Entendimiento
Ahora, desde la calma de mi lago, contemplo lo vivido sin dolor. La distancia me ha regalado claridad. Comprendí que no hay que temer a quien sabe más, ni a quien actúa con mayor destreza. El verdadero desafío no está en competir, sino en animarse a aprender juntas.
Porque el conocimiento no se gasta al compartirse. Al contrario, se multiplica. El brillo de una no apaga el de las otras, si la luz nace del deseo genuino de crecer.
Allí, en aquella isla, las zorras confundieron poder con control. Se alimentaban de la inseguridad ajena, de la obediencia disfrazada, del sometimiento cubierto con flores. Creyeron que limitarme era resguardarse. Que aislarme era proteger su sitio.
Pero el poder manipulador es efímero, como el humo que se disuelve en el aire.
La sabiduría, en cambio, crece en el tiempo. Se cultiva en el vínculo, en la verdad, en la humildad de quien escucha y también se deja enseñar.
La justicia, a su modo, siempre llega. Lenta, firme, silenciosa a veces… pero llega. Y cuando lo hace, reafirma lo necesario, premia lo auténtico, cosecha los frutos sembrados con convicción.
Yo sigo mi viaje. No me detengo. Porque quien vive desde el corazón nunca camina en soledad. Siempre hay almas que vibran igual. Y cada paso, aún en territorio hostil, es parte del camino hacia la sabiduría.
Como eres, así es tu corazón.
Y ese, ese es el sendero más brillante que existe. Se abrió solo, como si me esperara.
Los árboles susurraban nombres que alguna vez habitaron la isla.
Las palabras perdidas, los sueños callados, las preguntas que nadie se animó a pronunciar... todas flotaban ahora en el aire como luciérnagas alzando vuelo.
No miré atrás. No hacía falta.
Lo vivido ya estaba tejido en la memoria de quienes lo habían sentido.
Y aunque nadie lo notara, la isla respiraba distinto.
Había más luz. Más silencio, del que acompaña, no del que oculta.
Seguí caminando.
Mi andar, liviano.
Mis pensamientos, sueltos.
Y mientras el horizonte me envolvía, entendí que mi historia no terminaba.
Porque donde alguien recuerde, imagine o se atreva a buscar lo olvidado…
ahí estaré otra vez.
Volando sin alas.
Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados