Urra, la paloma sabia

En una estación de servicio del conurbano, donde el asfalto arde y el combustible no descansa, algo insólito empezaba a suceder cuando el cielo se despejaba.

Primero, una. Después, otra. Y otra más. Hasta que fueron nueve.

Ocho palomas grises, con pecheras rosa fucsia que brillaban como si llevaran joyas. Y una blanca. Solo una. De plumaje limpio como tiza nueva. Ella no era la más grande, ni la más rápida, pero todos sabían: ella iniciaba el juego.

Saltaban desde el piso caliente, remontaban vuelo, planeaban en círculos y caían, una por una, en los techos de la estación. No en cualquier parte. No al azar. Se alineaban. Y cada vez que el orden era alterado, la blanca se movía.

Siempre al centro. Siempre la novena. Si una se distraía, si otra se adelantaba, la blanca corregía. No con gritos ni picotazos. Con presencia. Con persistencia. Era ella quien daba la señal: un giro del ala, un sacudón de plumas, y todas volvían a despegar. El juego se repetía. De techo a techo. De cartel a surtidor. Hasta aterrizar, sincronizadas, en un grueso cable de teléfono que colgaba como cuerda floja entre postes dormidos.

Y ahí, como si jugaran al viejo juego de la silla, se acomodaban. Pero sólo cuando la blanca quedaba en el centro, el vuelo se detenía. 

La gente miraba. Se detenía. Fotografiaba. Algo había en ese ritual que no se podía ignorar. Una mujer murmuró: “parecen contar...” Un niño dijo: “¡son nueve!” Un señor afirmó: “la blanca los ordena.”

Y así, día tras día, como si supiera de ritmos, de posiciones y de tiempo, la paloma blanca marcaba un mensaje que nadie terminaba de entender, pero todos sentían. Tal vez enseñaba que todo grupo necesita un centro. Que sin armonía no hay vuelo. O tal vez solo jugaba. Jugaba con la gravedad, con las miradas, con los números invisibles del aire.

Viviana Cristina Vélez © todos los derechos reservados













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