Pruno, el ternero

A orillas del río, donde el agua canta su propia canción y el viento acaricia las hojas de los sauces, vivía Pruno, un ternero marrón claro con algunas manchas blancas. Amaba pastar en los verdes tiernos que crecían junto a la costa, especialmente esos brotes frescos que emergían después de una lluvia, cuando el río subía o bajaba dejando la tierra húmeda y llena de vida. Cada mañana, Pruno, a puro trote y alegría, salía de su pequeño corralón, donde vivía junto a Tino el gallo, Lucy la gallina y Reina, la oveja blanca que disfrutaba más que nada de dormir largas siestas. Solo le bastaba levantar con su hocico la traba de la tranquera para salir al encuentro del sol y de la brisa fresca que llegaba desde el agua. Su lugar favorito era bajo un gran sauce llorón y un espinillo frondoso. Allí, a la sombra generosa de los árboles, el tiempo parecía detenerse, mientras las pequeñas olas del río jugaban con la orilla. Pruno era amigable y curioso. Cuando veía acercarse a alguien desconocido, se aproximaba sin timidez, bajaba y subía su cabeza a modo de saludo, y soltaba su simpático "¡Muuu, muuu!". A la vez, movía su cola de un lado a otro para espantar las moscas que lo molestaban.

Una mañana luminosa, llegó volando Caly, la calandria conversadora. Tras unos círculos en el aire, Caly se posó con delicadeza sobre el lomo de Pruno y, para su sorpresa, comenzó a picotearlo suavemente.

—¿Qué pasa en mi lomo, Caly? —preguntó Pruno, curioso.

—¡Kirikí, karakaká, kiki kaká! —contestó alegre la calandria—. ¡Está lleno de sabrosos insectos! Moscas, pulgas, pulgones... ¡una fiesta! Y además, tu lomo es tan suave que desde aquí puedo contemplar todo el río. ¡Es un lugar magnífico!

Pruno soltó una carcajada de ternero. Muuu! Muuu! Muuuuu!, fz, fz, fz.

—¡La verdad, Caly, tus picoteos me alivian mucho! A veces tengo tanta comezón que debo recostarme en el pasto y, haciendo equilibrio, intentar quedar patas arriba para rascarme el lomo.

—¡Uy! ¡Qué difícil debe ser! —exclamó Caly.

—¡Sí, mucho! Y si me ven los perros, se burlan de mí. ¡Piensan que quiero ser uno de ellos! —dijo Pruno, riéndose con un sonoro "¡Muuu, muuu!".

—¿Pero a vos te gusta? —preguntó Caly, inclinando su cabecita curiosa.

—¡Me encanta! —dijo Pruno—. Es un desafío, pero lo logro, ¡y me siento tan bien!

Entonces, con una chispa de entusiasmo en sus ojos, Caly propuso:

—¡Te ayudo, si querés!

Sin dudarlo, Pruno flexionó primero sus patas delanteras, luego las traseras, y se dejó caer suavemente sobre el pasto húmedo y las piedritas tibias de la orilla. Estiró sus patas de lado y comenzó a balancearse con esfuerzo.

Caly, ágil y decidida, bajó de la rama del sauce y, con su pequeño pico y toda la fuerza de su cuerpo menudo, empujó a Pruno con alegría. Entre risas y picoteos, lograron que el ternero quedara patas arriba, feliz, frotando su lomo contra la tierra fresca.

Caly, como celebración, entonó una de sus melodías más hermosas, mientras el río susurraba, el viento aplaudía entre las hojas, y Pruno cerraba los ojos, sintiendo que, en aquel rincón del mundo, todo estaba bien.

Mientras Pruno se rascaba felizmente sobre el pasto y Caly canturreaba en su hombro, un pequeño bulto negro apareció a lo lejos. Era Toto, un perro de tamaño menudo, de pelaje negro brillante, hocico y ojos grandes, orejas cortas y una colita chiquita que se movía de un lado a otro de manera atolondrada.

Toto, que era algo torpe pero muy mandón, divisó la escena y, sin pensarlo, emprendió una carrera despareja hasta llegar a ellos. Al ver a Pruno patas arriba, revolcándose en el pasto, soltó una gran carcajada que retumbó entre los árboles.

—¡Ja, ja, ja! ¡Miren a Pruno! ¡Quiere ser perro ahora! —ladró entre risotadas, corriendo en círculos a su alrededor.

Pruno, que había estado disfrutando de su momento de placer, bajó la cabeza, avergonzado. Su lomo seguía picándole, pero ya no se atrevía a seguir moviéndose como antes.

Caly, que todo lo había observado desde el sauce, bajó de un vuelo y se posó cerca de Toto. Con su voz dulce pero firme, le habló:

—Toto, amigo, ¿por qué te burlas? —triló Caly—. Pruno no imita a nadie. Solo encontró una forma de sentirse bien, de aliviar su cuerpo. ¿Qué importa lo que parezca? ¿No ves que se siente feliz?

Toto la miró con sorpresa, sus orejas se movieron curiosas, y su cola dejó de agitarse con nerviosismo.

—¿De verdad? —preguntó bajito, con su voz de cachorro confundido.

—Claro que sí —respondió Caly—. No todo es para reírse. A veces, algo tan simple como rodar en el pasto puede hacernos bien, aunque a otros les parezca raro. Toto se sentó, pensativo, y miró a Pruno, que, aún un poco avergonzado, levantaba tímidamente la cabeza. El viento suave trajo el olor de la hierba húmeda y el canto lejano del río. Entonces, con una sonrisa traviesa, Toto saltó al lado de Pruno y, de un impulso torpe, se dejó caer en el pasto también. Rodó una vez, dos veces, mientras soltaba pequeños ladridos de alegría. Pruno lo miró, sorprendido primero, pero pronto, contagiado de la risa de Toto, volvió a balancearse sobre su lomo. Caly, no queriendo quedarse afuera, bajó volando hasta el suelo y comenzó a revolotear alrededor de ambos, trinando una melodía divertida. Y así, bajo la sombra del sauce y con el río como testigo, Pruno, Caly y Toto compartieron una simple pero maravillosa enseñanza: a veces, lo más importante es animarse a ser uno mismo, disfrutar de lo que nos hace bien y, sobre todo, saber compartirlo con amigos.

Viviana C. Velez © todos los derechos reservados



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