Presagios Urbanos
La mañana había comenzado húmeda, con ese gris suave que vuelve más lentos los movimientos de la ciudad.
Antes de salir para entregar una nota vinculada a una solicitud de pintores para el CIIE, hice una llamada. Del otro lado estaba una amiga con quien compartí la importancia de aquel pedido.
La conversación fue sobre espacios habitados por personas, soportes donde circulan ideas, encuentros, proyectos y sueños en relación a la memoria, cultura y educación.
Necesitaba que alguien más pudiera percibir la sensibilidad y significancia de lo que estaba solicitando. Ella escuchó con atención, comprendió el sentido profundo de la propuesta y me alentó a continuar.
Con esa conversación aún presente, tomé la nota entre mis manos y emprendí el recorrido.
A mitad del camino; un canto insistente. Levanté la vista y vi un ave rapaz detenida en lo alto de un eucalipto. Permanecía inmóvil, observando desde arriba el movimiento apurado de las personas que jamás se detenían a mirar.
Seguí caminando.
Más adelante encontré una paloma de apariencia distinta, picoteando tiras de pan húmedas sobre la vereda. Su plumaje parecía armado con retazos desordenados, como si el viento hubiera olvidado terminarla. Esos trozos de pan difíciles de trozar, insistía. Había en ella una dignidad silenciosa, una manera obstinada de continuar aún en los días grises. La observé unos segundos y pensé que algunas criaturas sobreviven incluso cuando el mundo apenas las registra.
Continué el recorrido.
Antes de doblar la esquina vi un tacho vacío de pintura abandonado junto a un paredón. Me llamó la atención de inmediato. Lo miré con la extraña sensación de que debía llevármelo. Pero seguí de largo pensando:
—A la vuelta lo busco. Pero regresé por otra calle y el balde quedó atrás. Sin embargo, la imagen permaneció conmigo. Quizás porque días antes había llegado una donación de pintura. Un gesto solidario que había despertado algo más grande que la simple idea de renovar paredes.
Empezó a crecer entonces un deseo silencioso: ver esos espacios transformados, cuidados, luminosos; imaginar manos trabajando juntas para devolver color y calidez a un lugar de encuentro educativo y humano.
Comenzó entonces el tiempo de la espera. Y durante esa espera ocurrió algo inesperado.
La persona que debía dar la respuesta ya no estaría al frente de la decisión. Por un momento, el pedido pareció quedar suspendido en ese territorio incierto donde habitan los proyectos antes de encontrar destino.
Sin embargo, las semanas siguieron su curso.
Hasta que un día sonó el teléfono.
Del otro lado estaba quien había asumido aquella responsabilidad. Su llamado no tenía dudas ni postergaciones. Traía una confirmación: la cuadrilla de pintores había sido otorgada.
La respuesta no llegó de quien esperaba, pero llegó.
Y comprendí que aquella mañana había estado hablando en símbolos.
El ave en lo alto anunciaba atención.
La paloma representaba persistencia.
Y el tacho vacío no necesitaba ser llevado: aparecía justo el día en que el deseo comenzaba a encontrar forma concreta.
La pintura ya existía.
La solicitud también.
Y ahora llegaba la respuesta.
A veces los sueños pequeños no hacen ruido cuando empiezan a cumplirse. Apenas dejan señales discretas sobre el camino: un canto inesperado, unas alas mojadas, un objeto olvidado en la vereda y una conversación que ayuda a que una idea sea escuchada.
Detalles mínimos que parecen casuales hasta que algo sucede y todo encuentra sentido.
De aquella mañana entendí: que hay espacios vacíos esperando ser habitados, por una comunidad y nuevos sentidos.
Y que algunos deseos, antes de cumplirse, primero aprenden a anunciarse en silencio.
Viviana Vélez © todos los derechos reservados




